Ayer reconocí en tu mirada, los vestigios del tiempo, la voz recobró el tono vivo de las noches prohibidas que no saben los días que alguna vez existieron, así pasó la vida, así a un año de nuestra despedida aún curioseo los callejones de nuestra historia, busco sonámbulo las miradas perdidas y resiento los besos que nunca se dieron, aún en el palpitar de una sonrisa, en estrechar la mano de un tiempo que no veía luz, así tu forma de ser aún no se ha ido, un que habría pasado eterno y una mira más, perdida entre mis recuerdos, allá tu con tu vida resplandeciente acá yo con mi historia naciente, apartados por banales prejuicios y dispuestos quizás a un concilio secreto, después las palabras atoradas en la garganta no consiguen sanar el desperdicio de noches salvadas por las horas del reloj y por la duda maldita de no querer pasar la vida en una celda vacía contemplando fotos marchitas y con miedo a volver a vivir.
No sabía que la melancolía se pudiese mezclar con el arrepentimiento, con las ganas de reparar las heridas de una mañana fría, de la vida eterna en las noches de una soledad agobiante, fueron recurrentes las palabras que derramaste en las páginas de luz que alguna vez ojeé, esas que me regalaste como sellando una mentira que pareció tan cierta, como para lavarte el paladar de sabores amargos mezclados con el alcohol, buscabas remojar tu imagen en lágrimas sin sal, en un corazón que manipulaste sin maldad, desligándote, buscando impunidad en ojos que no te importan, te desvelaste lo suficiente para limpiar tus días o más bien tus madrugadas marchitas, buscaste risas y excusas, una soledad protagonista, culpándola, apilando otra estaca en la playa de tu vida, otra huella desvanecida por la marea de tu indecisión, buscando una excusa en el tiempo y el tiempo solo se rió de ti y te entregó un destino vacilante y una reputación de musa anacrónica que vende sus servicios en las noches grises...
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